domingo, septiembre 23, 2007

QUIEN ESCRIBIO LOS PROTOCOLOS?


UMBERTO ECO O.

El pasado 31 de julio falleció Norman Cohn, tenía 92 años. Siempre le interesaron las psicopatologías colectivas y, de hecho, en 1957 escribió The Pursuit of the Millenium (En Pos del Milenio: revolucionarios milenaristas y anarquistas místicos de la Edad Media), un libro fascinante sobre los varios milenarismos; de 1970 es Europe’s Inner Demons sobre la caza de brujas (Los Demonios Familiares de Europa). Pero su libro más siniestramente actual sigue siendo Warrant For a Genocida, de 1967 (El Mito de la Conspiración Judía Mundial) donde se reconstruyen las peripecias que llevaron a producir y posteriormente a desenmascarar ese célebre falso que son Los Protocolos de los Sabios Ancianos de Sión. He vuelto más de una vez a los Protocolos en estas columnas, pero no por una obsesión mía, sino por obsesiones ajenas, visto que el tema abarrota la Web, sobre todo en los sitios de los fundamentalistas árabes, pero no sólo.

El libro de Cohn se publicó en Italia en 1969 y desde entonces no se ha hecho ninguna otra edición. Por otra parte, nunca se ha traducido al italiano un libro como el de Henri Rollin, L’apocalypse de Notre Temps, mucho más rico aún que el de Cohn (ochocientas páginas en lugar de doscientas cincuenta), sobre todo por lo que respecta a la historia remota de los Protocolos. Y sólo hace poco el editor Allia lo ha vuelto a proponer en Francia: se trata de una obra que salió en 1939, al principio de la guerra, y anunciaba con precisión casi visionaria lo que los Protocolos producirían en los años siguientes.

En una columna reciente, citaba yo La conspiración de Willy Eisner donde se recuerda (en forma narrativa, pero siguiendo una seria documentación) que los Protocolos se tomaron aun más en serio precisamente después de que, en 1921, el Times demostrara que habían sido malamente copiados de un libro de Maurice Joly contra Napoleón III. Claro que la posición de los que los consideran siempre válidos sigue siendo la que repetía Julius Evola en el prefacio a la edición italiana de 1938 (año, recordémoslo, en que se promulgaron las leyes raciales en Italia), donde afirmaba que el problema de su “autenticidad” es secundario al problema, aun más esencial según él, de su “veracidad”. Evola razonaba de la siguiente manera: aunque los Protocolos no fueran “auténticos” en el sentido más estricto, es como si lo fueran, por dos razones “capitales y decisivas”, es decir, porque los hechos “demuestran su verdad y porque su correspondencia con las ideas-madre del hebraísmo tradicional y moderno es incontestable”. O sea, y ésta es la esencia de su razonamiento: aunque no hubieran sido escritos por los hebreos, expresarían de todas formas lo que nosotros los antisemitas pensamos que piensan los hebreos.

Yo sabía que Rollin colaboró en 1939 con los servicios secretos franceses, pero ahora me entero, gracias al artículo que salió en The Guardian tras la muerte de Cohn, que también este último trabajó durante la guerra para el Intelligence Service. La coincidencia no es extraña porque, evidentemente, la familiaridad con los documentos falsos y con las dobleces de los servicios secretos ayudó a estos dos autores a desembrollar una historia que es absolutamente novelesca. En efecto, no cabe duda alguna de que el documento es falso, pero sigue siendo tema de debate quién lo produjo (y cuándo); lo único seguro es que el material originario nace en Francia.

Tanto Rollin como Cohn han hecho plausible la tesis de que todo el asunto habría sido urdido por los servicios secretos rusos, es decir, por la Okrana que por aquel entonces Rakovsky dirigía en París, en los años del caso Dreyfuss. Eisner acentúa el papel que desempeñó en la redacción final un tal Golovinsky, que era también un colaborador del mismísimo Rakovsky.

Una interpretación radicalmente distinta de toda la historia, en cambio, la ha dado Cesare G. De Michelis, en su Manoscritto Inesistente (1998). Puesto que, en efecto, los Protocolos aparecieron oficialmente en prensa sólo en 1903, en el diario ruso Znamia y posteriormente en volumen, en San Petersburgo, en 1905, De Michelis trabajando con minuciosidad filológica sobre los originales rusos llega a la conclusión de que el texto se redactó sólo en esos años en ambiente ruso (debo pasar por alto, obviamente, las pruebas que aporta y la demostración de cómo las sucesivas traducciones sufrieron diversas manipulaciones). Ahora bien, el año pasado, Carlo Ginzburg, en un congreso en Los Ángeles criticó esta tesis como demasiado radical.

En cualquier caso, se puede considerar que, aunque De Michelis tuviera razón, el material fue ensamblándose poco a poco en las décadas anteriores en Francia. Lo digo porque, entre otras cosas, en un libro mío indiqué entre las fuentes de los Protocolos incluso las novelas de Sue (claro que para Sue el complot no era de los hebreos sino de los jesuitas).

Es natural que, en el curso de estos cuarenta años tras la aparición del libro de Cohn, en cada nueva investigación sobre los orígenes de los Protocolos se avancen salvedades sobre algunos aspectos de su reconstrucción. Pero no por ello su libro es menos apasionante, entre otras cosas, porque aporta algunos documentos de gran interés, como el tremendo “Discurso del Rabino” que (falso también él y que aparece una y otra vez con distintas formas), sin duda alguna, constituyó uno de los orígenes remotos de los Protocolos.

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