jueves, agosto 27, 2009

HACIA UN MODELO DE DESARROLLO ALTERNATIVO: Carlos de Buen


27/08/09

Es difícil anticipar hasta dónde llegarán los efectos de la crisis, pero los datos reflejan una grave afectación en temas fundamentales como la pobreza, el empleo, el crecimiento económico, la producción industrial y las finanzas públicas. Como Pilatos, Calderón se lavó las manos al plantear que la crisis venía de fuera y aunque dijo que México estaba en una buena posición para confrontarla, hoy nos queda claro que la disciplina presupuestal y financiera es insuficiente.

Es obvio, además, que los programas de beneficios focalizados siguen siendo asistenciales y no de desarrollo. Los primeros “graduados” de Oportunidades, después de muchos años de aprovechar sus componentes de educación, salud y alimentación, deben optar entre la informalidad, la emigración, la guerrilla o la delincuencia.

No es consuelo el origen del problema y menos si esperamos que la solución también nos llegue de Estados Unidos, dada nuestra incapacidad para construir un modelo de desarrollo competitivo para la globalización, que al mismo tiempo fortalezca el mercado interno, con mejores empleos y salarios, por una elemental razón de justicia social y porque debe ser ese el sostén principal de la economía nacional.

El viejo modelo proteccionista, esa adaptación latinoamericana del Estado de Bienestar, que fue a su vez una síntesis del New Deal, de la Social Democracia y de la Democracia Cristiana, para una región muy distante del desarrollo económico y social de Europa y de Estados Unidos, que no participaba por igual del progreso del nuevo orden económico keynesiano que procuraba una mejor y más eficiente distribución de la riqueza con una importante participación del Estado, nos trajo la seguridad social, con servicios médicos y pensiones que ayudaban a sobrevivir en condiciones un poco menos indignas, mayor estabilidad en el empleo, algunas mejoras en los salarios y las condiciones de trabajo y el reconocimiento de los derechos fundamentales de los trabajadores, aunque los colectivos hayan quedado siempre subordinados a los intereses de los gobiernos y empresarios.

A partir de los 80, ante una crisis económica muy extendida que puso fin a una larga etapa de crecimiento y estabilidad, dada su incapacidad para confrontar la inflación, las devaluaciones y el desorden en las finanzas públicas y la necesidad urgente de inversiones productivas y de divisas para cumplir los compromisos internacionales, el modelo aceptó medidas que debilitaron la acción del Estado y privilegiaron la de los particulares, que recuperaron el individualismo y se olvidaron del desarrollo social. Se impusieron severos ajustes estructurales con la promesa, siempre incumplida, de que una vez recuperado el orden, volverían el crecimiento económico y el bienestar.

Se conformó así un modelo distinto, que ofrecía recuperar el crecimiento y la estabilidad a base de ordenar las finanzas públicas y reducir el gasto social, pero sacrificó a trabajadores y campesinos con más desempleo, subempleo, informalidad, inseguridad, pobreza y marginación.

El neoliberalismo impugnó la protección del derecho del trabajo y de la seguridad social y atacó sus instituciones básicas como la estabilidad en el empleo y las pensiones, a las que imputó los desequilibrios económicos y la falta de inversión. (Sin embargo, a pesar de su discurso abstencionista respecto del Estado, cuando ha tenido que enfrentar sus propias crisis, ha recurrido siempre al financiamiento gubernamental, con costosísimos rescates de empresas privadas, que hacen palidecer las más grandes inversiones sociales del modelo anterior).

La contrastación de los modelos destaca el papel del Estado y de los particulares en la economía, la dimensión del aparato estatal, el monto y la eficiencia del gasto social, la centralización o descentralización de la política social, la universalidad o focalización de los programas, la polarización y la cohesión, el debate sobre el crecimiento económico y la generación de empleos, la confrontación entre la inflación y los salarios, la protección laboral y la flexibilización y los alcances de la seguridad social.

El saldo del neoliberalismo es simplemente inhumano, pero tampoco se puede volver a una política proteccionista, en un mundo cada vez más competitivo. Es necesario, entonces, construir un modelo de desarrollo alternativo, pero para ello hay que vencer las ideologías y prejuicios que impiden alcanzar las posiciones conciliadoras que permitan identificar las virtudes y defectos de aquellos modelos, como paso previo al diseño de uno que sea adecuado a las circunstancias históricas, geográficas, económicas, sociales y culturales del país.

Vale decir que ese modelo alternativo deberá considerar la recuperación para el Estado de los espacios de responsabilidad en la planeación y conducción del desarrollo nacional que indebidamente cedió a los particulares; fortalecer el mercado interno con empleos productivos, formales y bien remunerados y el apoyo a las empresas intensivas en mano de obra, sobre todo a las pequeñas y medianas; reforzar los sistemas de salud y seguridad social, definiendo las prestaciones universales; incrementar la inversión en educación de calidad e investigación científica; reforzar la participación de los sectores social y privado y reducir, en lo posible, los compromisos corporativos y clientelares, los privilegios fiscales injustificados y las prácticas monopólicas y oligopólicas, todo ello sin descuidar los equilibrios macroeconómicos y las inversiones productivas y sustentables, especialmente en infraestructura.

Sin que la política social deba limitarse al vergonzoso objetivo del combate a la pobreza, es fundamental que el modelo busque reducirla radicalmente, junto con la marginación y la desigualdad, no sólo para atender el compromiso ético que ello supone, sino como una herramienta esencial para el desarrollo. Sería ésta una buena tarea para los próximos tres años.

(Cortesía del Lic. Carlos de Buen)

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